;

Qué raro cuando no estamos distraídos, cuando no tenemos tanta prisa, cuando sabemos detenernos. Y sonreír. Y comprender. Y cerrar los ojos. Y notar incluso los segundos que corren por nosotros.
Y saber vivirlos todos a fondo. Y saborearlos con una sonrisa, con preocupación, con esperanza, con deseo, con claridad, con cualquier duda. Pero saborearlos. Saborearlos a conciencia.

viernes, 14 de octubre de 2011

Me escupiste tus palabras, una a una.

   De repente sentí que los zapatos me venían grandes. Algo se burló de mi garganta y me puse a temblar. Apesadumbrada, me di cuenta de que los relojes no suenan a nada que se parezca siquiera a un tictac, sino al ruido que hace un martillo, arriba y abajo, golpeando una y otra vez contra el suelo. El sonido de una sepultura. Deseé que fuese la mía, porque me quise morir en ese momento.


Nunca me había dolido tanto que los demás decidieran prescindir de mi, 
porque siempre me quedabas tú, tu mirada, 
y el tiempo que pasábamos juntos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario